El sexo frío

   Por tu nombre,

porque con él, sólo podemos ganar.
 
Hace días que no sueño contigo y no sé el motivo. Quiero que vuelvas a aparecer en mis sueños. Hoy hace muchísimo frío en Madrid, lo sé porque las ventanas se empañan y hay una especie de vaho, pero no porque haya salido a la calle. Mientras te escribo suena el último disco de Of Montreal y es tan bonito que tengo que dejar de escribir a veces y pararme a escuchar. Tengo la televisión encendida, están dando un programa de construcción o marquetería, yo que sé. He dejado de escribir sobre La vida de Adèle para escribirte de la mía. No podría ser más ególatra, debería convertir esta carta privada en la crítica a la película. ¿Recuerdas cuando me llamaste llorando después de que la vieras? Fue la primera vez que tuve miedo de perderte, primero porque supe que no habías olvidado a tu primer amor y segundo porque sabía que las escenas de sexo te habían asustado. Pensé que no ibas a querer pasar por eso y estar conmigo. El motivo principal por el que fui a ver la película al día siguiente fue porque quería saber qué narices había hecho Kechiche y si el sexo era realista o no. Después de ver la película te llamé, te dije que no te asustaras y que no tuvieras miedo porque el sexo entre chicas nunca es así. El sexo con alguien la primera vez es siempre la primera vez. Es un salto al vacío.

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¿De qué hablamos cuando hablamos de sexo “realista” en el cine? El sexo nunca es realista en el cine (tampoco en el porno), no lo es ni cuando es amateur. Sucede algo parecido con la muerte, puedes rebobinar y matar mil veces un cuerpo. ¡¡¡Puedes rebobinar!!! Buscando “realismo” en el sexo entre mujeres días después de ver La vida de Adèle, revisé Yo, tú, él, ella (Je, Tu, Il, Elle, Chantal Akerman, 1974).

No encontré realismo, no me sentí representada en esas mujeres, pero sí me di cuenta de que al colocar la cámara a esa distancia precisa, Akerman estaba yendo en contra de la fragmentación y del fetiche al que somete el primer plano pornográfico a los cuerpos. También lo hace al decantarse por el plano-secuencia y renunciar a los planos cortos de poca duración.

En la escena larga de sexo de La vida de Adèle, Kechiche opta por primeros planos, planos que aíslan las partes del cuerpo de las protagonistas. Durante aproximadamente siete minutos los cuerpos de ambas son mutilados, diferentes partes de su anatomía desconectadas, solo en siete de los cuarenta y cuatro planos que tiene la escena tenemos una visión más abierta donde ambas aparecen juntas. En esos minutos tan íntimos Kechiche en vez de aproximarse a los cuerpos sexualmente de manera frontal, lo que hace es sexualizar las posturas, en esa distancia los cuerpos femeninos dejan de ser Adèle  y Emma y se convierten en dos mujeres, o dos maniquíes mujeres.

La calidez de la película (esa cámara continuamente pegada a Adèle como una tela a un cuerpo) se rompe en extraños escorzos que dan paso a tomas alejadas de los cuerpos, más abiertas, más frías… En parte entiendo que es en estos instantes donde Kechiche construye el sexo entre mujeres, y lo hace desde su imaginario, porque no es una mujer (esto que es tan obvio muchos parecen haberlo olvidado) y su postura tras la cámara es la de un voyeur. También la del espectador, pero ¿podemos censurar esta pulsión del cine? Yo creo que no. El cine es pura pornografía, pero ni el sexo ni la muerte serán nunca realistas a través de una pantalla.

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Lo que más me gusta de La vida de Adèle  es la primera parte, creo que es la parte más potente de la película. La infelicidad de Adèle, su vacío, esa felicidad a medias, no entender qué le pasa y por qué no se siente completa con lo que tiene. Esos instantes de vuelta a casa con las luces brillando tras ella en los que su existencia cobra sentido, es esa misma sensación de euforia que Julie Maroh dibujaba con la protagonista de su cómic sentada en el autobús rodeada de estrellas. Mucha gente ha interpretado esa euforia como el descubrimiento de la sexualidad, es en realidad el conectar con alguien de manera íntima lo que da sentido a la vida de Adèle.

La primera parte, el capítulo uno, lo azul, la veo la más equilibrada, tiene unas escenas preciosas, mi preferida es esa donde Emma y Adèle se besan en el banco con el sol entrando y saliendo de sus bocas… sus besos, toda la química de los besos… ¿Dónde está cuando tienen sexo? ¿Dónde está toda esa calidez? ¿Por qué las escenas de sexo parecen un catálogo de todo lo que dos mujeres pueden hacer juntas?

Y es más, ¿Qué primera vez con alguien es así?

La vida de Adèle es un relato en primera persona de la protagonista, una historia de las de siempre, de amor, y es que el amor siempre es igual. Es un tópico tras otro tópico, y la película tiene tanto de eso… Los tiene para bien y para mal, para mal porque el retrato que hace de las familias, siempre entre lo burgués y lo proletario (joder, Francia nunca ha sido proletaria aunque se empeñe), es un trauma del cine francés, algo que no superaran jamás.

La política se impone incluso, como uno de los motivos por los que ellas rompen. Emma siempre piensa que Adèle  puede aspirar a más, que puede ser maestra sí, pero que también puede dedicarse como ella, y en parte como todo su entorno, a la vida intelectual y a escribir. Siempre pide más de ella y cuestiona su felicidad (en definitiva, la manera de vivir su vida). Quiere que viva y sienta la vida como ella. Adèle es más sencilla en sus planteamientos (y aquí otra vez el tópico), dice que es feliz con la vida que tiene.

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Otro de los problemas que observo es que el personaje de Emma está mal definido en la película, pero no en el comic. En la cinta Emma es básicamente un personaje sombra, solo aparece cuando aparece Adèle  y eso en parte tiene coherencia, es la vida de Adèle, pero hay ciertas escenas como la de la discusión, donde los actos de Emma no se entienden. Hay una elipsis dónde se nos insinúa que Emma puede tener una relación con su compañera de proyecto, pero en el desarrollo de los hechos de la película son incomprensibles algunas de las decisiones del personaje. Me sigue violentando muchísimo recordar esas escenas de desesperación. Lo pasé muy mal en el cine, me recordaba momentos de mi vida pasada, a esas odiosas discusiones que tenía y que me hacían sentir tan vacía, tan impotente, tan miserable…

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A estas alturas recordé la película de Maurice Pialat, Nosotros no envejeceremos juntos (Nous ne vieillirons pas ensemble, 1972). Pialat es extremadamente violento, usa el cuerpo como campo de batalla para todo, sus personajes están llenos de fuerza y es así como se comunican. Pero recordé a Pialat no solo en la dureza de la discusión, también por el título. El amor no es para siempre, el amor se acaba, es otro cuerpo que nace, crece, se reproduce y se transforma, porque yo no creo que el amor muera, pero sí creo que se transforma. Ese cambio del azul al ocre (o amarillo) no es una muerte, es una transformación. Es un cuerpo que va tomando diferentes tonalidades, pero que nunca cesa de cambiar. Es eterno. Supongo que esa calle final, ese plano largo de Adèle caminando después de la exposición de Emma da buena cuenta de lo que digo: la vida sigue y el amor se ha transformado, y ella con él.

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Hace días que no sueño contigo y no sé el motivo. Quiero que vuelvas a aparecer en mis sueños. Hoy no hace tanto frío en Madrid, y Andrés lleva dos días anunciándome la primavera. El sol se colaba por la ventana mientras acababa el texto y guardaba esas partes que solo tú conoces y que nos pertenecen. No dejo de escuchar el nuevo disco de Arrange. Say you will.

Deborah García Sánchez-Marín

[1] El texto inserto en las dos primeras imágenes pertenecen a: LARDEAU, YANN.  “El sexo frío”, Teoría y crítica del cine. Avatares de una cinefilia (compilador Antoine de Baecque), Paidós Comunicación Cine (pequeña antología de Cahiers du cinéma).

[2] There is only you in the light and nothing else, pertenece a la canción de Ricky Eat Acid, Three Love Songs, Orchid Tapes, 2014.

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