El cariño

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Este es el ojo del tiempo:
torcido mira
bajo ceja de siete colores.
Su párpado es lavado por fuegos,
su lágrima es vapor.
tumblr_n0230prpfU1s5gu6jo3_1280La ciega estrella vuela hacia él
y se derrite en la pestaña [hirviente:
se va entibiando el mundo,
y los muertos
echan brotes y florecen.[1]

Hace no tanto, en la víspera de irme de Madrid otra vez, puntualicé lo en silencio que de repente nos habíamos quedado. La persona que me acompañaba reclamó algo así como que el silencio también era música.  Desde entonces, y no sé bien por qué, he ido formando una especie de eco alrededor de la conversación aquella que con dificultad se construyó en palabras, pero sí en la ausencia que surgió de ellas.

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El cine de Bruno Dumont está plagado de esas lagunas, silencios que se alargan y se dilatan hasta la molestia

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Sus personajes resultan demasiado cansados como para completar una frase, y la única entrada de sonido es la que conforma el soplido del viento, que se asume frío y blanco, las pisadas sobre el barro, o el grito que se levanta en el orgasmo pero parece interpelar al mundo entero.

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G1

 

 

 

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1.
Aparentemente no es eso lo que sucede en P’tit Quinquin donde se despliega toda una gama de voces, se cantan canciones, se tocan trompetas y explotan petardos dentro de habitaciones. El silencio deja de estar tan evidentemente expuesto para aplicarse con la matemática exacta, elegida e imposible que exige la comedia. De repente, esos silencios se ven rellenos de toda una sucesión de gestos, tics y coreografías que nos conectan en línea recta con el encanto del cine mudo y, entonces, la anestesia que nos suele pinchar en Dumont se cubre con la carcajada del público entregado a sus pobrecitos personajes.

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La elección de la comedia como tonalidad mediadora entre el mundo y nosotros me parece que convierte a P’tit Quinquin en el trabajo más perturbador de Dumont pese a su apariencia más ligera e incluso hasta alegre (no me atrevo a referirme a la esperanza todavía). La primera vez que la vi en Donosti recuerdo que hacía mucho que no me reía con tanto empeño. La segunda, en la Mostra de Cinema de São Paulo, hice por calmar mi regocijo y concentrarme en la observación de los otros. De tal forma, me di cuenta de cómo la risa era el vehículo que mejor nos revelaba, una especie de explosión inevitable que habla mucho más de nosotros que de lo que nos hace reír. De esta manera, la comedia se establece como un género demasiado poderoso – creo que Dumont lo sabe– pues acaba delatando ciertos escondites, esas franjas más ambiguas que acaban por demostrar que la humanidad, esta nuestra, es un hueco grisáceo y vicioso que no cesa, otro precipicio.

2-3

tumblr_nhkfloVLYC1qbhnrvo3_12802. Si las películas anteriores de Dumont me provocaban aquella náusea, ésta juega con algo que sólo se veía venir muy de lejos: la ternura, el cariño. El protagonismo de los niños y el despiste encantador del general construyen todo un absurdo que nos aleja y nos acerca paulatinamente al infortunio. Ni siquiera existe zona fronteriza que limite la comedia de la tragedia, haciendo de P’tit Quinquin un vaivén que nos lleva de la cima a la catacumba en un desliz tan fino y tan breve que salir de las cuatro horas de proyección con la sonrisa puesta sería darle la razón al terrible mundo allá dentro de la pantalla. (Esta es la tramada ironía, la broma malévola que, a mi parecer, concluye una de las obras más asustadoras de su autor.)

3. El paisaje vuelve a hacer aparición como punto de encuentro único e imposible con uno mismo.

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Esa mirada sobre el horizonte parece crear un monologo inconexo por parte del que mira, quién suele chocar y mimetizarse con lo inmenso e inmóvil de la geografía alrededor. El paisaje no es un espacio cualquiera, sino el elemento primordial en la invención de texturas y sensaciones fílmicas, ganando una vitalidad que va mucho más allá de lo que sus personajes son capaces de resolver.

EL PAISAJE, ENTONCES, ES EN EL CINE DE BRUNO DUMONT, EL VERDADERO VÍNCULO AFECTIVO QUE TODO LO MUEVE, TODO LO CUESTIONA Y TODO LO CONTINÚA5-10

 

4. Es verdad que las películas de Dumont reclaman el mal, el malestar, la calamidad y, por qué no, la repugnancia. En cambio creo que nos equivocamos si nos limitamos a esta cuadriculada concepción, ya que no sólo es el paisaje el que recrea la emoción, ¿el amor?

Después de P’tit Quinquin me dispuse a revisar el resto de la filmografía de Dumont y descubrí una sensibilidad que se perpetúa en un sinfín de manifestaciones que me habían pasado desapercibidas en el pasado, y que conforman el nudo esperanzador (ahora sí) de todos esos vacíos. Estoy hablando de la mirada que se entrecruza o ya se ha perdido, del roce y su falta, del tacto lento que entregan unas manos cuarteadas, o incluso, de los silencios que nadie sabe cómo se convirtieron en esta inmaterial polifonía:

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Sofía Machain


[1] Poema perteneciente a De umbral en umbral (Paul Celan, 1955)

[2] Todos los gifs e imágenes pertenecen a la filmografía de Bruno Dumont:

L’Humanité (1999)
Twentynine Palms (2003)
Flandres (2006)
Hors Satan (2011)
Camille Claudel 1915 (2013)
P’tit Quinquin (2014)

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